Me llamo Guadalupe, me dicen ‘Lupe’,
encantada de conocerlos, aunque no sé realmente quién leerá este
papel que escribo mientras espero a que nos atienda el doctor. Digo nos porque vine con mis
tres hijos, hoy no hay colegio.
Tengo
dos niños, Eduardo, de ocho años, Luis, de trece, y una niña,
Marisol, de seis años y medio, como dice ella. El medio es muy
importante, que conste. Luis está molesto conmigo porque no lo
dejé quedarse en casa mirando la televisión, que es lo único que le
gusta hacer. Lo traje para sacarlo del encierro, para que tome
el aire, aunque sea el aire de un consultorio médico.
Estoy bastante
frustrada, no me gusta quejarme, pero creo que tengo suficientes
motivos. Pero no voy a mencionar mis problemas, nadie se salva
de tener una pequeña o gran colección de ellos, simplemente los voy
a ignorar por ahora, igualmente no puedo
resolverlos.
Quería escribir
sobre algo increíble que me pasó hace unos días, dejar constancia de
los detalles de aquél episodio cuando en medio del tráfico, con el
motor recalentándose, llegando tarde a recoger a los niños, descubrí
un pasajero en mi auto.
No me
asusté, quiero que sepan eso, no me asusté … es un detalle
importante. Cuando lo ví, mi alma se sorprendió, claro, es
natural, pero sin temor. No todos los días se ve un pasajero
de esa estirpe …
Bueno, cuando lo ví
sonreí emocionada, pero al instante de que me percaté de que no iba
al lado mío, sino en el asiento de atrás, sentí una gran tristeza,
un hueco en el alma.
-Porqué no vas
sentado adelante, conmigo? -O más bien, y mejor aún, porqué no
manejas y llevas el control?
Pensé esto sin
decir palabra alguna, manejaba imaginando las respuestas.
Reaccioné bien ante su presencia, deducía, no me había pasado
ninguna luz en rojo ni atropellé a ningún vendedor de frutas.
Concluí que aún me
faltaban cosas por aprender, superar trabas, en fín, madurar; debía
ser una persona poco dotada de sentido común e inteligencia pues no
merecía sentarme al lado de tán importante
pasajero.
Está bien, le dije
sin pronunciar palabra, hablándome a mí misma. Tienes razón …
- suspiré entonces, un suspiro tán grande que enfrió el motor.
En medio de la
tristeza tuve el valor de reconocer algunas
verdades.
Sé que puedo ser
una mejor mamá, procuraré ser más considerada, tener más paciencia,
te lo prometo, dáme una oportunidad, no es fácil …
Te diré otra cosa,
aquí entre tu y yo, confieso que puedo ser mejor hija, hermana y
amiga; de hoy en adelante procuraré dar más de mí misma, sin esperar
nada a cambio, claro.
Bueno,
para hacer el cuento corto, esa tarde salí tarde del trabajo, llegué
al colegio sin ningún percance, recogí a los niños y camino a casa
paré en el supermercado para comprar lo necesario para una nutritiva
y sabrosa cena.
Mami, quién cumple
años? –me preguntó Marisol al ver la hermosa torta que había
comprado.
Nadie, le
contesté. Simplemente la compré para disfrutar de este día
especial, por estar sanos y juntos …
Mis hijos se
miraron incrédulos entre sí …
-Qué bueno mami …
!-dijo feliz Marisol –Puedo ponerle una vela?
-Que no es el
cumpleaños de nadie! –le dijo Eduardo.
-Pero mami, yo
quiero soplar una vela …
-Pues te quedarás
con las ganas … -le contestó Luis.
-Está bien,
Marisol. Trae una vela de la cocina …
-Pero mami …!
-dijeron a la vez Eduardo y Luis.
-No pasa nada … que
más dá que ella sople una vela …?
Marisol regresó con
una vela que puso en medio de la torta de
chocolate.
Prendí la vela con
un fósforo, la cara de Marisol se iluminó, sonreía feliz sin los dos
dientes que le faltaban.
-Apágala ya …!
–gritó Luis.
Mirando la sonrisa
de mi hija, una lágrima se me escapó. La niña se tomó su
tiempo en apagar la diminuta llama, parecía estar pidiendo algún
deseo, quien sabe qué ilusión tendría ...
-Puedo decir lo que
pedí? –preguntó ingénua.
-NO!
–gritaron a coro sus hermanos.
A mí me hubiera
gustado saber su deseo, pensé, tal vez cuando le dé el beso de las
buenas noches se lo pregunte …
-Ya … -les
dije. Vamos a probar que tal está la torta …
Después de acostar a los niños, esa noche pensé en lo mucho que me
había afectado la presencia del extraño pasajero. Me sentía
tranquila, confiada, felíz.
Soñé entonces algo
tán real, tán increíble, que quise escribir esta mini historia,
dejar constancia de lo que viví pues era algo mágico y hermoso.
Verán,
soñé que el pasajero del cual les hablé antes, me contestaba
mientras sorteaba semáforos en la concurrida ciudad, rumbo al
colegio.
‘No voy a tu lado
mi querida Lupe, ni manejando tampoco, simplemente porque allí
estaba antes, ya lo había hecho ….
No hace falta que
vaya manejando o a tu lado porque tu llevas perfecto control de
todo.
Me senté atrás
porque no aguanté las ganas de verte una vez más.
No pensé que
notarías mi presencia, pero ya tu ves, tú, que no te consideras lo
suficiente, has aprendido mucho, has madurado, tánto así que eres
capaz de reconocerme ...
Sigue así, vas por
buen camino …’
Entonces el ángel
desapareció y yo amenecí transformada por la revelación,
comprendiendo un sin fín de cosas, especialmente la razón de mi
alegría sincera y desmedida.
Pude ver a mi
pasajero invisible … lo pude reconocer …
-Mami,
mami … nos está llamando la enfermera … -me sorprendió la voz de mi
hija; mis pensamientos lejos del consultorio.
-Vamos … -le dije a
mis tres tesoros, con una sonrisa que sería para
siempre.
Monica
Moser
Abril 1ro.,
2004