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-Hágase el amor …! -ordenó la mujer con voz de trueno, la pata coja de su vieja silla tambaleándose en la penumbra.

María sintió una opresión en el pecho, como si un puñal se hundiera sin piedad ante la fragilidad de su melancolia, robándole sin contemplacion el aliento.  Acomodó la mano derecha sobre el corazon alterado por algo impreciso, turbio, sombrio.  Nuevamente dudó de sus actos, no ya del hecho de haber acudido a Esmeralda, la adivina, muy conocida y recomendada en el barrio, sino del encargo que había pedido.

Unos minutos antes, la pitonisa le había comunicado a  María que sólo garantizaba su trabajo si sus esfuerzos se concentraban en un solo objetivo.

-Cómo así …? –había preguntado María con un hilo de voz.

-Mujer, que tendrás muchas necesidades pero una más grande que las otras.  O no? –Era declaración en vez de pregunta.

María se acomodó en la silla, se sentía pequeña e ignorante, sus manos frías como el hielo empezaron a derretirse con el sudor de sus nervios; se arrepintió de haber acudido a la cita con la mujer de aspecto ordinario y voz de trueno.    

A falta de respuesta, la adivina tosió fuertemente, por un instante la llama de la vela sobre la mesa dejó de alumbrarle el rostro severo y ajado.

-Que decides pues …? –Esmeralda bajó el tono de voz y la llama de la vela recobró sus fuerzas.

-Es que tengo una pequeña lista de necesidades y no sé cuál es la más importante … -dijo finalmente María, frotando sus manos sobre la tela del vestido que se manchó con el sudor; pensando en el esposo que la había abandonado, en las cuentas que no podía pagar, en el trabajo que tenía que conseguir, en el asma de su hija, en la gotera del techo de la cocina, en los zapatos ortopédicos que tenía que comprarle al hijo, en el billete de lotería que había perdido la noche anterior.

La adivina suspiró con parsimonia, carecía de paciencia pero menos esa tarde pues le dolian mucho los juanetes y era insoportable la humedad; miró a María con desafío y de medio lado, contaría hasta diez y si no le respondía la echaría del consultorio con su famosa carcajada de bruja.

Bajo el flagelo de la mirada, la joven terminó el veloz inventario de penurias para luego pesar y clasificar mentalmente el listado y determinar la mas grave.

-Uno, dos, tres, cuatro, cinco  … -Esmeralda contaba en silencio cruzada de brazos, recordando el idilio de amor que había vivido esa madrugada con su amante; una sonrisa vulgar le espantó la modorra.

-Amor … quiero amor …! -contesto María con voz de cristales rotos.

Satisfecha por la respuesta, arqueando una ceja, la adivina empezó a prepara la pócima milagrosa.  No se paró de la silla, tenía todos los ingredientes a sus espaldas, nada más estirar el brazo, en  un mueble lleno de hierbas, polvos, pétalos, raíces y frascos de todos los colores y tamaños.

-Hágase el amor …! -ordenó la mujer con voz de trueno, alzando los brazos al techo,  rebotando su voz ronca contra las paredes cubiertas de amuletos preparados para los incautos.

-Esto te lo bebes todas las noches por un mes, un solo traguito antes de acostarte, me oyes bien …? No te creas que esto es cualquier cosa, o juego de niños, las gotas están contadas y para que el trabajo dé resultados, óyeme bien mujer, tienes que seguir las indicaciones al pie de la letra … -Contenta, Esmeralda le entregó el frasco, queria librarse de la clienta para poder sacarse los zapatos y ventilar los pies deformes e hinchados. 

-Parece chicha morada … -dijo María tomando el pequeño envase de vidrio entre sus dedos, sintiéndose tranquila por primera vez desde que había llegado.  Poner sus penas en órden la había ayudado de algún modo, ya no se sentía tán ignorante o pequeña, mucho menos perdida, por lo menos el inventario estaba hecho pareciendole menos grande y pesado.

La adivina se atoró por la sorpresa, nunca antes un cliente había adivinado componente alguno de sus brebajes.

La vela se apagó con el inesperado ataque de tos; ante la presión, la vieja silla finalmente cedió cayendo de nalgas la pitonisa al suelo.

-Señora! –gritó María asustada y acudiendo a ayudarla.

-Ay, ay, que golpe más duro me he dado en el trasero … -se quejó la mujer parándose con dificultad del suelo.  Dirigiéndose a los pedazos de madera esparcidos por el suelo añadió: –Silla desgraciada! 

Perturbada por el descubrimiento y afectada por el duro golpe al caer, la adivina miró de reojo a María y sin toser, con una voz muy diferente a la de trueno, le preguntó: 

-Ahora que voy a hacer …?! 

-Pues yo creo que por ahora se puede sentar en mi silla … yo ya me voy … -Le contestó María con voz firme parándose ágilmente, sacando un monedero de su bolsillo le entregó un billete a la mujer marchándose con el frasco rojo en las manos.

          El frio de la tarde se coló por la puerta que al cerrarse de golpe asustó a  la adivina, quien continuaba con la boca abierta, la mirada perdida en la incertidumbre, el billete doblado entre sus dedos de uñas largas y afiladas.

La joven apresuró el paso, eran casi las cinco de la tarde y tenía que llegar antes de la seis a recoger a sus hijos a la guardería.   El tiempo no estaba bueno, demasiado frío para esa época del año, la ciudad cubierta por el melancólico manto de la neblina.

Sentada en el autobús lleno de pasajeros, mirando impasible por la ventana el caos del tráfico, María sonrió.  Sus labios continuaron esbozando una sonrisa mientras duró la afortunada visita de gratos recuerdos a su mente.  Emocionada, recordó el día de su boda con Luis, los momentos de amor compartidos, los paseos al parque del barrio, los cumpleaños, las noches en vela, el tibio calor de los cuerpecitos de sus hijos acurrucados con ella en la cama, el cascabel de risas una dulce cosquilla que a todos dormia. 

Con el clamor de las bocinas se disiparon sus penas, tenía mucho que celebrar estando viva, teniendo a sus hijos.  Con la neblina del cielo se esfumaron sus dudas, tarde o temprano encontraría trabajo, solo tenia que persistir; pagaría sus deudas, total, eran pocas. 

La ilusión se paró con la mujer resuelta y feliz, se bajaron de la mano y así continuaron por la vida, bajando callejones, subiendo colinas, esquivando los baches, olvidando en el asiento del destartalado autobús, un inservible frasco rojo.  

 

 

                                                                   Monica Moser


 

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