Milagro de Amor
 
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          Exaltado el hombre, huyó con la sombra hecha añicos en el bolsillo de su pantalón.  Corrió calle arriba con la noche, cargando a sus espaldas el invisible peso de los luceros. 

Caminó a la sombra de los pinos, llevando en el sudor de la frente la escarcha de la luna.  Brincó sobre las piedras del río, despertando a los peces rendidos a la calma del breve soñar.  Recorrió las riberas del caserío hasta llegar a su humilde hogar de ladrillo y cal.

          'Le robé la sombra, Señor, porque de tanto quererla no podía vivir sin su amor', dijo feliz mirando el techo de cielo que lo acobijó, claudicando a la mas tierna sonrisa.

          Durmió dichoso como nunca antes se había sentido el trovador, amando a la mujer entre sueño y sueño, mientras serenas se abrían una a una, las flores al sol.    

          El canto de los gallos despertó al hombre ansioso por abrazar la sombra de la doncella esquiva, mas sus manos temblorosas solo cenizas pudieron hallar.

          El hombre lloró como un niño.  Lloró por pedazos y a caudales.  Lloró en el silencio y en el clamor de la soledad.  Lloró hasta no tener mas lágrimas en su reportorio de gotas de sal.

          'La quiero, Señor, desde que hundió su mirada en mi destino.  Porque no pudo ser su sombra mi único testigo, mi consuelo?' preguntó angustiado recostado a la pena enorme que lo embargó.

          'Me había propuesto conquistar toda ella, hermosa mujer, pero que más le podía ofrecer?  Ya le había regalado el alma, Señor, y no la quiso.  Le otorgue mis sueños y los despreció.  Le ofrecí mi cuerpo entero, pero lo ignoró.  Cuando deposité mi corazón en sus manos, sin siquiera notar el peso de mi idolatría o medir la gravedad de mi pasión, lo tiró a las palomas que lo picotearon en el cielo.     

          Por eso huí con su sombra, Señor, corriendo calle arriba, caminando a la sombra de los pinos, brincando las piedras del río, para aunque solo fuera un pedazo, algo tuviera yo de esa mujer que tánto amé. 

Pero ya ni la sombra tengo ... '

          Ignoraba el infeliz que no eran cenizas sobre el piso de tierra, sino la esencia de los sueños. 

          Cansado se acostó esa noche el hombre, tal vez dando fin al dia mas largo y duro de su vida, cuando mirando el horizonte salpicado de impalpables nubes a una estrella le murmuró:

          'Se que hice mal en huír con su sombra.  Lo lamento aunque ya nada pueda hacer por remediar mi acción.'

          Y en el mudo lenguaje de un suspiro, agregó:

          'Perseveré'.

          La estrella parpadeó a la paloma que dormía con el pecho hinchado.   Perezosa dejó el tibio nido para la noche atravesar en vilo hasta llegar al balcón de la mujer que despertó con su cantar.

          La mujer abrió las puertas de su balcón, conmovida por la mansedumbre de la paloma que no se alejó.  La acarició suavemente, enternecida por su dulce postura.  Le ofreció su mano, reposándose el ave sobre ella. 

          La doncella besó a la paloma en el pecho que albergaba el corazón que ella al cielo había tirado.  Amó entonces al hombre que había ignorado.  Amó con intensidad y dulzura al niño que se hizo hombre persiguiendo su sombra.   

          Y fueron felices los dos, el y ella, ella y el, por un milagro de amor ...

 

 

                                                                     Monica Moser

                                                                   Octubre 2, 2002

 


 

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