Saman
 
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Nunca nadie me visita, quién diablos podrá ser a estas horas de la noche y con semejante tormenta …?! –se quejó el hombre caminando con pesadez a la puerta de la casa.  –Estos huesos me tienen loco con la reuma!  Ya va!  Que manera de tocar!

El en el momento justo cuando cae un rayo sobre el horizonte, la luz blanca ilumina los ojos redondos como dos lunas del hombre que con la boca abierta mira impresionado a la mujer desnuda.

Cayéndole la lluvia como una tempestuosa cascada sobre su larga cabellera negra, cruzada de brazos y tiritando del frío, el cuerpo brillando como lácar de marfil, la mujer emite un sonido de agua.

-Pasa mujer, pasa …! –gritó el anciano mirando nerviosa y rápidamente hacia todos los lados, buscando algo o alquien; asegurándose con satisfacción de la llegada solitaria de la sirena.  Sonrió a escondidas de la noche.

Caminó ágil el hombre, ya sin edad ni reuma, agarrando por el codo a la mujer que se deslizaba por los pisos; la sentó en el sofá de la sala sin importarle mojar la tela de terciopelo roja que con tanto esmero conservaba intacta del sucio y del polvo durante medio siglo, la cubrió con una manta que reposaba sobre la mesa, echó más leños a la chimenea.

-No se mueva señorita! –le ordenó mirándola extasiado antes de ir a la cocina.  

Las manos le temblaban al hombre, se le cayó la tasa, el azúcar, no encontró una sóla cuchara de las más de veinte que tenía.

Contrariado, se agarró el pecho al estallar un trueno muy cerca del pueblo apagándose las luces de la casa.  En la penumbra caminó despacio escuchando sus propios latidos y la lluvia cayendo sobre el tejado, el corazón alterado como nunca lo había estado. 

-Y si la mujer era un fantasma?  Un espectro?  -Pensó con terror iluminado por el fuego de la chimenea mientras se acercaba al sofá.

Suspiró aliviado al verla envuelta en la manta de lana de cuadros rojos y azules, los ojos cerrados, la larga cabellera mojando la alfombra.  La luz volvió sorprendiendo al hombre en los recuerdos, unas lágrimas le brotaban de los ojos. 

Cuándo fué la última vez que lloró, se preguntó conmovido sin poder recordar …

La tetera sonó, regresó a la cocina y luego a la sala con un té demasiado claro y dulce.

-Señorita, por favor, despierte, tómese esto para luego llevarla a una habitación donde podrá tomar un baño caliente, vestirse con ropa limpia aunque no de mujer, y descansar.  Se vé usted tan agotada, como si llegara de un largo viaje … le prepararé un buen caldo de gallina.  Usted verá cómo y qué rapido se recupera …

La mujer abrió los ojos, la sala se iluminó al hombre.

-Soy muy viejo para que usted me quiera, pero podrá permitir que yo la adore a usted sin medida? –pensó sin decir nada al ver el rostro joven y hermoso de la mujer.

-Me llamo Gloria, y tu? –preguntó la mujer con una suspiro de voz.

-Sebastian Mayer, a sus órdenes –dijo formalmente, encantado ante el tuteo de la sirena.  -Y no hable más, no tiene que decirme nada, ni mucho menos darme explicaciones, tómese el té, sea buena … -le ordenó con cariño el hombre conocido como el mas huraño del pueblo, como si normal fuera la circunstancia de recibir a medianoche y en plena tormena, la visita de una desconocida en traje de Eva.

La mujer bebió el té, se dejó llevar por el codo a una de las habitaciones del piso superior, se sentó sobre una cómoda cama mientras en el baño el hombre llenaba una tina con agua caliente.

-Ya puede pasar al baño señorita, el agua está bien caliente, quédese un rato sumergida para que recupere la temperatura.  Se vé usted tán pálida …  voy al corral a buscar una gallina para prepararle una buena sopa …

-Dime Gloria … -le pidió la mujer parándose de la cama sin la manta. 

Sorprendido, el hombre la miró caminar como vino al mundo sintiendo una flecha traspasarle el alma, cada paso un dardo certero que lo dejó respirando con dificultad.  Herido de gravedad como estaba, entre rayo y trueno, recordó.  Una grieta se forjó en su interior dejando claro y libre el cauce de un sentimiento reprimido, de una imágen largamente olvidada.  Su mano ajada planchó el corazón que tardío despertaba en la tormenta.

-Sobre la cama le dejé ropas limpias -dijo el hombre mirando el suelo, parecía, mas no era, su voz.

-Gracias Sebastián, eres muy amable … -dijo ella sonriendo al sentir su piel el contacto con el agua caliente.

El anciano bajó las escaleras agarrándose fuertemente del borde de madera, igualmente tambaleó y casi cae, trastornado como llevaba el cuerpo y la mente.

-Cómo es posible que a estas alturas de mi vida, cuando apenas me puedo mantener en pie, aparece semejante criatura a torturar la paz que con tanto recelo he guardado?  Y porqué vino a mi, hombre tán egoísta que ni mujer ni hijos tuve; tacaño ejemplar que a nadie invité por no compartir mi vino y mi pan; miserable a tál extremo que con mi vasta fortuna jamás ayudé a nadie?  Y lo que es peor aún, porqué tiene que ser tán joven y bella además de dulce e ingénua, la desconocida mujer?

-Habrá de ser el demonio que la envió para tentarme … -concluyó asustado.  –O tal vez los vecinos del pueblo, miserables, celosos, que de seguro han tramado una obra para quitarme la fortuna enviando a la doncella … -pensó abriendo la puerta y enfrentándose a la tormenta.

Contra las ráfagas heladas del viento, el anciano caminó de prisa al corral regresando con una gallina y empapado de agua.

Empezó a preparar la sopa sin cambiarse de ropas, sin secarse, goteando el agua en el piso de la cocina donde a punto estuvo de tropezarse con las plumas.  Febríl, tiró el animal sin vida a la olla, bebió un poco del vino que echó, prendió el fogón y como un loco, corrió a la sala con el afán de contemplarse en el espejo, hacía tánto tiempo que no se veía en el cristal opaco cubierto por una tela negra.

-Quién es ese monstruo!? –gritó asustado al ver su rostro deformado por el tiempo y el olvido, tapándoselo con las manos.  –Así nunca me amará …! –gritó desesperado y abatido, tirándose al suelo junto al paño negro.

Sebastián Mayer ameneció enfermo, al abrir los ojos se encontró en su habitación, sobre su cama.  No recordaba nada …

-Quién eres? –le preguntó a la mujer que se acercó a él.

-Gloria.  Descanse, tiene mucha fiebre … -le dijo poniéndole un paño frío sobre la frente hirviente.  La mujer estaba vestida elegantemente con un fino traje de brocados dorados, le habló formalmente mientras  él la tuteó.

-Pero quién eres y porqué estás en mi casa?  Porque estoy enfermo?  No entiendo nada … -balbuceó.  –Cuántos días llevo así …?

La mujer sonrió a la ventana donde la lluvia habia dejado claro y despejado el hermoso paisaje de la campiña.  El horizonte pulcro del azul más celeste mostraba unos tímidos cúmulos que una brisa fresca mecía con pereza.

-María? –preguntó asustado el anciano.

Gloria lo miró con la sonrisa diáfana del horizonte.

-Eres tú María …?  Regresaste a vengarte?!  -indagó en una crisis de pánico. –Contesta mujer! –exigió.

De adolescente, Sebastián había amado a María, la hija del notario del pueblo.  Ella se entregó al amor que pensó único en su vida, enamorada como estaba, pero el joven la abandonó ni bien supo que sería padre.  Ni la joven ni su familia pudieron cambiar las  intenciones del hombre, quien jamás pensó en formalizar tal unión, afanado como estaba en almacenar fortunas y sólo relacionarse con los de su clase.

María murió al dar a luz a una niña.

El pueblo la enterró bajo el samán que desde hace dos siglos no deja de crecer en la propiedad contígua a la del causante de tánto dolor.

Desde la ventana de su habitación, Sebastián contempló la escena.

Exiliado en los recuerdos, el anciano no se dió cuenta en qué momento Gloria abrió la ventana clausurada entrando el trino de los pájaros a irrumpir el silencio del cuarto.

-Me voy a morir, verdad …?! –preguntó en voz quebrada.

La mujer se sentó en una silla que había colocado al lado de la cama del enfermo tomándole la mano fría y arrugada entre las suyas, tibias y hermosas.

La habitación olía a campo y a flor, los pajaros cantaban, parecían inexistentes las pareces y los techos, la naturaleza extendiéndose libremente con los rayos del sol que se reflejaban en los vasos de cristal, en los marcos de los cuadros, sobre las paredes y el piso.

-Si muero que sea así, mirándote, joven y bella mujer … -dijo emocionado.  –No sé cómo decirlo, cómo siquiera empezar a explicar lo que siento … pero su presencia me ha transformado …

Gloria había traspasado su calor a la vieja mano donde un débil latir de corazón se palpaba en sus venas.

-Creo que me he vuelto loco … -afirmó contrariado.  –Pero ya no soy el mismo hombre de antes–declaró resuelto.  –Quiere heredar esta casa?  Mis bienes?  Mi fortuna?  Es suya!  Son suyos!  Es suya! –gritó soltando su mano, parándose de la cama con agilidad asombrosa.

La mujer vestía el silencio, dorado como  su traje.

Del rincón más remoto de su habitación, el anciano sacó de su escondite una caja, estiró los arrugados papeles leyéndolos de prisa antes de romperlos en mil pedazos que una brisa misteriosa se encargó de esparcirlos sobre un hermoso samán que no paraba de crecer, poblado de flores, pájaros y mariposas.

-No tengo testamento! –gritó eufórico.  –Puedo morir libre y en paz –declaró con la sonrisa diáfana que le había copiado a la mujer. –Y lo que poseo será de todos … de ustedes … tuyo … -añadió felíz.

Cuándo fué la última vez que fué felíz, se preguntó conmovido sin poder recordar …

Imaginando el samán, el anciano murió ese atardecer de anaranjados púrpuras, llorando felíz, como nunca lo había estado …

 

 

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