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Prefieres que te salude como
señora o señorita Avila?
Tal vez te guste un término más distinguido, como Doña Avila,
o más criollo, como Misia Avila.
De cualquier modo me refiero
a ti, montaña única en el mundo, imagen irrepetible e inimitable,
sucursal etérea del paraíso.
A ti rindo pleitesía por tus encantos, tu magistral
hermosura.
Pienso al contemplarte en
los siglos de vivencias que se depositan en la profundidad de tu
follaje, en los amores que se almacenan en tus laderas, en los
misterios que se deslizan en tus suaves y audaces curvas, en las
fantasías que evocan tus
quebradas.
Las pupilas del niño Simón
en ti debieron reflejar sus sueños por liberar un continente.
Evoco mi niñez aprendiendo
los números y las letras a tus faldas, madre adoptiva de tantas
generaciones.
La brisa fresca murmura
lamentos y suspiros enredados en tu verde imperio, geografía
inquebrantable que no sólo conquistó una ciudad que nació de techos
rojos, sino un mar, que imponente e impasible, vive enamorado de tus
formas.
En la luz y a las sombras,
en el caos y el silencio, eres nuestra historia, diriges nuestros
destinos, enmarcas el futuro.
Fiel testigo de nuestros triunfos y fracasos, de nuestros
defectos y virtudes, nos proteges a la vez que nos inspiras a ser
como tú: noble y grande.
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