Sayib, El Peregrino
 
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          Hubo un joven que, apenas cumpliendo los 16 años de edad, decidió conocer el mundo.  Sin equipaje y sin dinero, Sayib pensó que emprendía el viaje con lo escencial: la fortuna de su juventud y la riqueza de sus sueños.

Con una sonrisa ingénua y hermosa se aventuró a lo desconocido guiado unicamente por su instinto natural.  Consciente de la existencia del mal, antes de partir el joven se arrodilló para pactar una alianza con las Alturas prometiendo ser un buen peregrino y socorrer a quienes pudiera en su camino a cambio de protección infablible.

          Partió entonces nuestro peregrino, no sin antes despedirse de sus seres queridos.  ‘Si tán sólo me hubiera dicho hasta luego, en vez de adios’, se quejó la madre inconsolable; algo en su interior le decía que su hijo más pequeño sería el más grande.

Cuando tuvo hambre, Sayib comió de los frutos que encontró en el camino; ayudó a quienes pudo en sus andares.  Cada anochecer, acurrucado bajo un techo de estrellas, durmió en la efímera cama de las praderas encargándole al sol del amanecer el designio de su rumbo.

Pasaron los días, los meses y los años marcándose su cuerpo por las huellas de la intemperie, las dificultades y la soledad.   A cada paso que daba, en vez de desaparecer el niño que quería aniquilar, el hombre se aferraba al niño interior para no dejar de soñar.

Muy pronto descubrió que por todos lados habían injusticias, el mundo no era lo que Sayib había imaginado. 

Cansado, hambriento y abatido, una noche de vientos fríos unos bandidos le dejaron mal herido al borde de un acantilado.  Sayib apenas durmió entre las rocas, con mucho esfuerzo arrastró a su sombra bajo el sol.

‘Puedo regresar a la comodidad de mi hogar, al abrigo de mi familia’ pensó tentado por la idea de dejar la vida dura y libre de un peregrino.  Fué entonces cuando una mujer le asustó el pensamiento al preguntarle: ‘Joven de Dios, tendrás una moneda para esta pobre mujer que no es nada …’

Mirando a los ojos de la mujer, Sayib le contestó: Camina conmigo, juntos encontraremos lo que buscamos.

La mujer se unió al peregrino y por muchos días y meses recorrió el mundo a su lado.

Un día de feria en un pueblo a orillas del mar, cuando se alejaban de las fiestas, Sayib y Zoé –así se llamaba la mujer- descubrieron un velero que se acercaba a la orilla.

Extrañamente, nadie había en aquél hermoso velero de velas blancas.

-Será un barco fantasma? –preguntó intrigada la mujer a Sayib. 

          Llenos de curiosidad, los dos se acercaron a la embarcación para confirmar que estaba inhabitada y descubrir que al casco de la misma le faltaban algunos pedazos de madera.  Pero los pedazos de madera no faltaban realmente, estaban allí, solo que dispersos y flotando, como un mágico rompecabezas.

          Encantados por el fenómeno de las piezas flotantes, Sayib y Zoé entraron en el velero encantado que al sentir el peso de los cuatro pies zarpó de la orilla envuelto en un enigmático silencio.

-Sayib! –gritó la mujer asustada.

-No temas … -le contestó Sayib viendo el cielo a través de las blancas velas hinchadas por el viento, sintiendo el mar salado en su sonrisa, feliz como hacía tiempo no lo estaba.  –Pongámonos cómodos … -sugirió, y ni bien dijo esas palabras, como por arte de magia, ambos se quedaron dormidos.

          Despertaron en el escenario del más hermoso de todos los atardeceres. 

-Estaremos acaso en otro mundo? –preguntó Zoé.  –Tal vez este sea el paraíso perdido … -murmuró fascinada.

Sayib miraba absorto el telón de anaranjados y púrpuras que se mezclaban con los rojos y los azules de un cielo inimitable.

-Mira!  -Zoé apuntaba un lugar en el horizonte.  -Una isla! –gritó emocionada.  También ella se sentia felíz, libre y dichosa.  

El velero se detuvo a la orilla de una pequeña isla poblada unicamente por tres frondosos árboles.

Se bajaron de la mano, mojándose los pies con las tibias aguas cristalinas de un mar calmado en exceso.

          Contemplando el velero bajo las copas de los árboles, los dos viajeros notaron que le faltaban más pedazos al casco de la nave, pedazos que flotaban en intrigante perfección, suspendidos en el aire del mas hermoso de todos los atardeceres.

-Pareciera que a medida que recorre los mares, el velero se desintegra …

-murmuró Sayib.

-Como un sueño … -dijo Zoé.  –Será que todo esto no es más que un sueño? 

          En la diminuta isla poblada por tres frondosos árboles, el hombre y la mujer se quedaron en silencio hasta el cielo llenarse de estrellas.  Jamás imaginaron que pudieran resplandecer tántos luceros en el firmamento.

Cada uno se acostó sobre las raíces de un árbol quedándose dormidos al compás del leve murmullo del mar y las hojas moviéndose con la suave brisa.

          Al despertarse con los primeros rayos del sol inmediatamente se percataron del naufragio en que se encontraban.

-Y el velero?! –gritó Zoé.

Sayib se trepó rápidamente a su árbol para desde las ramas más altas divisar el horizonte.  Sólo azul había, azul por doquier …

-Lo ves?!  Ves el velero?! –preguntó Zoé asustada, con miedo.

Sayib no contestó, negó con un movimiento de cabeza antes de bajarse del árbol.

-Qué haremos entonces, qué vamos a hacer ahora?! –Zoé lloraba tomándole las manos.

-No sé … no sé, Zoé.  –Sayib se sentó en la orilla tapándose la cara con las manos.  Le pesaban tánto los pensamientos, los miedos, las dudas …

Estaban los dos en pedazos, el hombre y la mujer, como el velero que desapareció en lontananza; perdidos en medio del mar, quien sabe cual mar sería aquél, en una isla tán diminuta que de seguro no aparecería en ningún mapa del mundo.

Zoé se sentó al lado de Sayib.  El suave vaivén de las olitas les acariciaban los pies.   

-Los árboles no tienen frutos … -dijo al rato Zoé.

-Lo sé. 

-Tengo miedo … -confesó la mujer.  –He pasado mil trabajos Sayib; mi vida no ha sido fácil.  Mis ojos aún desbordan lágrimas de pesares que sufrí desde niña.  Pero siempre hubo un camino por seguir y paso a paso avanzé, poco a poco y tropezando, en un intento contínuo por llegar a algún sitio donde no pensara más en buscar otro lugar ...  Cuando te conocí Sayib, ese día yo quería dejar de caminar por siempre, comprendes?

Sayib le sonrió con ternura.

-Y aún así nunca había sentido esto que siento ahora, esta desolación, esta desesperanza, no ver caminos, no existir caminos … -añadió Zoé.

-El día que te conocí estaba decidido a regresar a la comodidad del hogar que había dejado –confesó Sayib.   Dispuesto a dejar de recorrer el mundo … seguro de no querer ser más un trovador.  Pero en tus ojos ví, mujer, una luz que iluminó mi interior, fué algo hermoso … -Sayib sonrió.  -Comprendí entonces que el destino nos había unido por una razón que tarde o temprano descubriríamos.   Aún quedaba mucho por ver y hacer …

Los dos se alejaron en sus propios pensamientos.

-Recuerdo Zoé que cuando nos conocimos me dijiste:  ‘Joven de Dios, tendrás una moneda para esta pobre mujer que no es nada …’ .  Al ver tus ojos hermosos pensé dos cosas: Sí, soy un joven de Dios, eso fué lo primero; luego me conmovió escucharte decir que no eras nada.  Zoé: no dijiste no tener nada, sino no ser nadie.  Entre tener y ser hay una gran diferencia …

-Yo me sentía la nada, era la nada cuando te conocí.

-Y ahora que eres?

-Ahora soy Zoé: un pasado, un presente.

-Y un futuro?

La mujer miró los tres árboles, el mar frente a ellos, suspiró mil dudas.

-Zoé, hay un futuro. –afirmó Sayib.

La tierra giró cambiando el escenario de colores, primero rosados claros, luego anaranjados y rojos, después púrpuras y finalmente un negro fulminante.

Con hambre y sed, cada uno acurrucado en las ramas de su árbol, se encomendaron a Dios esa noche pensando que tal vez sería la última de sus vidas.

Pensó para sí mismo Sayib:

-Dios, hace muchos años atrás, cuando tenía 16 años y empezé esta vida de peregrino hicimos un pacto, te acuerdas?  Yo cumplí mi parte, fuí buen peregrino, ayudé a quienes pude en mi camino, aprendí todas las lecciones que la vida me deparó.  A cambio de protección infablible ... eso te pedí.

Continuó en silencio:

-Si algo he aprendido en mis años de vida fué comprender, contrario a lo que suponía, que nunca estuve en control de mi mismo.  Parecia que sí, todos pensamos que lo estamos, pasamos nuestras vidas tratando de tener más control.  Al llegar aquí, a esta isla, sin llevar el rumbo del velero, sin saber de mareas o coordenadas, me dí cuenta que somos unos títeres guiados por una fuerza mayor.  En el fondo Zoé tenía razón, somos nada …

-Sayib, no puedo dormir … -dijo Zoé interrumpiendo sus pensamientos.

-Yo tampoco podía dormir –contestó él.

-Qué crees que pase mañana? –preguntó ella. 

-No sé, Zoé, no tengo idea … -contestó mirando el firmamento plagado de estrellas.

-Y si nos lanzamos al mar?  Si nadamos? –su voz parecía reanimada.

-No hay tierra por ningún lado Zoé.

-Y si hacemos una barca con la madera de estos tres árboles? –insistió ilusa.

-No tenemos cómo cortarlos  …

Zoé no preguntó más.  Sayib escuchó muy suave, luego más fuerte, el sollozo de la mujer.

          Sayib se paró de las raíces de su árbol frondoso, cortó una flor, la más grande y hermosa, y caminó los seis pasos hasta llegar a Zoé. 

-Confiemos en Dios, te parece?  -le dijo en forma de pregunta, con una voz muy dulce y a la vez segura.

-Está bien, Sayib.  Confiemos en El …

Abrazados, se quedaron dormidos.

          El sol iluminó las blancas velas del velero que a las costas de la pequeña isla había llegado esa madrugada sumido en el más enigmático de los silencios.

          Sayib y Zoé contemplaron el velero a travéz de las lágrimas notando que  ya no le faltaban pedazos al casco, aquellos pedazos que otrora flotaran en intrigante perfección como un mágico rompecabezas.  

 

El barco habia regresado íntegro, como los encontró a ellos …

 

 

 

 

 

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