El Sueño
 
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          Acercarse a ella, a esa mujer desconocida que la atraía, era como entrar en un cuadro de Henry Rousseau, aquél que el célebre pintor bautizó con el nombre de 'Sueño', convirtiendo al título en el más perfecto.  Audazmente, el hombre cruzó las barreras invisibles del reino de los sentidos abriéndose paso en la espesa y exhuberante maleza que vorazmente acaparaba todo el espacio, apenas dejando un poco de azul para que el cielo no se quejara y le rindiera pleitesía.  Por las noches, sólo un manojo de estrellas cabían en la esquina negra que contemplaban las flores dormidas, hipnotizadas.

 

          Acercarse a él, a ese ser que le intrigaba, fué algo así como sumerjirse en ese idílico y mágico sueño de Rousseau: una selva de colores intensos y atrevidos que no respetaban de proporciones ni limitaciones de ningún tipo.  Un paisaje exageradamente generoso en tonos, belleza e ingenuidad; enteramente abarrotado de sugerencias y murmullos, de claves y misterios. Tímidamente, la mujer se hizo camino apartando hierbas y helechos para subyugada por la magia del entorno suspirar orquídeas y murmurar fragmentos de lluvia. 

 

          En esa tierra fértil y húmeda poblada de plantas exóticas y flores gigantezcas, se unieron los dos cuerpos en una abrazo de tal intensidad que por única vez calló la selva.  La mujer y el hombre se besaron con el resplandor de una luna osada que apartó a los curiosos luceros a fuerza de un viento sorpresivo que despeinó la vegetación tupida.   Cientos de pétalos multicolores volaron sobre los cuerpos desnudos de quienes se abrazaban y se besaban sin percatarse de otra cosa que no fuera la realización de ese amor.

 

          Revueltos y sofocados, los latidos de los dos corazones asustaron a la cascada cercana que atenta siguió los sucesos de aquella unión en el más estricto y fiel de los silencios.  Con algunos despiertos, otros soñando, algunas campanas sonando, escuchándose aquí y allá una risa o un llanto, la tierra giró levemente con todas sus montañas, rios, pueblos, ciudades, desiertos, bosques y mares, sin que nadie notara la más leve conmoción. 

 

La mujer y el hombre se amaron como si aquella además de ser la primera, fuera la última vez; como si de repente y sin previo aviso, la vida cesara de ser y el mundo de existir.  Se amaron como si todo aquello no fuera más que un sueño ...

 

          

                                                                                      Mónica Moser

 

 
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