Mujer de Barro y Sal
 
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          Había naufragado en sus brazos una noche de estrellas sin luna cuando recorrimos el mundo sin jamás haber emprendido vuelo.  Acariciamos la esfera de la tierra en un suspiro inimitable que despeinó las crestas de las olas y de las palmeras, batiendo los veleros de los siete mares, robando de las manos más pequeñas los cometas multicolores que se alejaron en la oscuridad envueltos en pétalos y mariposas fosforescentes.

          Fuimos niños una vez; él en una pintoresca y alegre ciudad costera, yo en un adusto y silencioso pueblo suspendido en los Andes.  Mientras él se divertía jugando a los piratas con el cuerpo tostado por el sol, espantando a las gaviotas con el agua salada del mar, yo creaba floreros de barro y cosía muñecas de trapo que rellenaba con algodón.

          Tal vez algún níveo cúmulo escuchó las canciones que de joven cantaba mientras tejía o bordaba algun sueño, notas que la nieve derritió al cauce del frío y cristalino río que bordeando el frondoso valle y atrevezando las infinitas llanuras llegó hasta las costas donde un alegre picaflor paseaba en moto por un malecón poblado de sonrisas morenas.

          Fuimos jóvenes una vez; él copiando exámes, sorteando sombrillas en la playa al iguál que mozas que conquistaba, divertido, compulsivo y sonoro.  Yo blanca y pálida como un nardo, el imperceptible suspirar de una flauta de caña irrumpiendo las horas de tedio, frío y soledad, alejada y anhelando el murmullo de las olas del mar.

          Escondida en un camión que transportaba artesanías escapé de los Andes un día lluvioso.  El viaje pareció eterno, un interminable subir y bajar por precipicios insondables, incontables rectas sin fin.  Cuando sacaron la mercancía se encontraron con mi cuerpo dormido y hambriento sobre la manta de lana que mi abuela tejió, el sol dándome una brillante bienvenida con la brisa olorosa a coco, caña y piña. 

          Supe entonces que había llegado a mi destino aún sin saber el nombre del lugar, seducida por el olor, subyugada por el intenso calor que derritió los páramos de mi horizonte.

          A los pocos días, entre canostos de granos, flores y café, lo conocí en el mercado al tropezarnos con el azar y un merengue a todo volumen; sin querer me pisó un pie que parecía anesteciado, hipnotizada como estaba ante su encanto peculiar. 

Perdón señorita, me dijo desapareciendo iguál de rápido como había surgido, un acto de magia irrepetible.  Breve pero intensamente nos miramos entre ramos de perejil y claveles, en un adiós incompresible de ruidos, sensaciones y colores.

          Fuimos novios una vez; él incumplido e impreciso, incapaz de precisar un punto fijo en el horizonte, demasiado joven, atractivo y solicitado para ser fiel.  Yo enamorada, creyente fiel de sus historias, ignorante del cuento, sometida al hechizo.

          El frágil cascarón de mi barca tambaleó, sucumbió a su encanto, claudicó en las costas de sus pestañas perdiéndose irremediablemente en el marrón oscuro de sus ojos.  Demasiado tarde descubrí estar perdida. 

         

Aún así …

Una madrugada de Abril huí con un lucero, antes del primer rayo de luz. Caminando descalza por la orilla de los labios que miré por última vez, le dije adiós en la clave del silencio.

 

          Fuimos un sueño una vez; más mío que suyo.  Blanca quimera de nieves derretidas por el sol.  

          A pocos pasos de él me eché sobre la arena y me tapé con ella para que los mares del mundo me moldearan a su antojo.  Fué un impulso irreprimible.  Mujer de arena y sal, de suspiros y lamentos de mil amores que fueron y no pudieron ser, me dieron vida en la fortaleza de barro que deshice para hacer realidad un nuevo sueño.   Empezar con el sol que nacía a mis espaldas y el lucero que desaparecía de mi frente una nueva aventura. 

          La aventura de ser libre ...

Envueltos en la brisa, sobre la arena, dejé olvidados los versos que él inspiró.  Si escucha la caracola que descansa a sus pies, podrá escuchar los latidos de la soledad que me alejaron de su reino.

          Con mi nueva hamaca y mi vieja manta regresé al balcón de los andes donde suspendido entre nubes el pueblo esperaba por cien órdenes de barro. 

Eran otras las manos que daban forma a los floreros; forasteros los dedos que moldeaban tasas y platos de café.  Más de un cliente se quejó, ‘el café siempre está salado cuando se sirve en las tazas de Amalia', decían consternados.

Entonces dejé de vertir lágrimas en el barro. 

-Me fuí alguna vez?  Más que recuerdo parecía el producto de la imaginación.

          Fuimos un recuerdo una vez; cada amanecer el tímido sol me advertía del reto de olvidarlo aconteciendo un día cualquiera sin esperarlo. 

Cómo sabe ahora el café en mis tazas, pregunté a los clientes.  Muy rico, hasta dulcesito, me dijeron complacidos, suspirando yo aliviada y con una sonrisa.  Tomó unas cuantas nevadas derretir su recuerdo en los páramos solitarios.

          Fuimos algo una vez; suspiros y lamentos de mil amores que fueron y no pudieron ser. 

 

                                                          Fuimos algo una vez …

 

 

                                                                                      Monica Moser

                                                                                      Abril 19, 2002

 

 

     

 

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