El hombre llegó al cielo con un papel en la mano
cerrada, un suceso inexplicable; el ángel que lo recibió notó el
puño cerrado y con asombro procedió a separar los dedos rígidos
hasta ceder finalmente revelando el papel doblado en la palma
estirada y surcada de líneas
imborrables.
Jamás ser alguno había arribado con algo que no fuera
la vestimenta blanca de los recién llegados, el ángel no podía
comprender cómo el hombre atravesó los registros etéreos sin
descubrírsele la nota.
Sin abrir el papel, mandó a llamar a un concilio; mientras
esperaba tuvo tiempo de observar una infinidad de cicatrices en el
cuerpo inerte, llamándole la atención una en especial, sobre la
frente.
El concilio en lleno se reunió prontamente para descubrir el
mensaje y establecer la suerte del
hombre.
Antes de leer el contenido, el líder
preguntó:
-Sabemos algo sobre el recién llegado?
Silencio total.
Los presentes estaban ansiosos por saber el contenido del
misterioso mensaje que llegaba intacto desde el otro plano, más aun
por escuchar la sentencia del concilio, que nunca había tratado un
tema de esa índole.
Regresarían al recién llegado?
-No lo esperábamos … -dijo una suave voz femenina al
cabo de una pausa.
-Que se identifique el ángel que habló y explique a
qué se refiere –pidió el líder.
-Soy Ivana de Luz, una recién
iniciada.
-Qué sabes del recién llegado? –le
preguntó.
-Sé que se ha adelantado mil quinientos veintidós
días, seis horas y doce minutos.
-A qué atribuyes su llegada inesperada y adelantada?
–preguntó con curiosidad, sin inmutarse por la exactitud del
conteo.
Ivana de Luz alzó los hombros, el leve movimiento
apenas alteró el peso de la larga y hermosa cascada de cabellos
dorados que llegaba hasta sus pies.
-No tengo idea ... –dijo con honestidad y
naturalidad.
Aquella respuesta sincera y directa asombró a los presentes,
quienes hablaban animadamente entre sí.
-Silencio! Gracias por tu aporte. Sabemos algo más sobre la
identidad del adelantado?
-El adelantado era un prófugo y un naúfrago. –Explicó
otro ángel del concilio.
Todos murmuraron nuevamente, nuevamente el líder tuvo que
imponer órden.
-Explícanos, has nos el favor. –pidió con un poco de
severidad en la voz.
-También fué mago y
soldado.
La conmoción fue mayor.
-Exijo silencio!
-el líder tuvo que pararse para controlar el
desorden.
-El adelantado, como le han llamado por arribar antes
de tiempo, es el mejor apodo que se le pudo otorgar al recién
llegado, pues eso era precisamente en su vida anterior. –explicó el
ángel con voz calmada.
-Antes de continuar tán interesante relato, por favor
dános tu nombre y tu rango.
-Soy el ángel Sebastián, encargado de alfabetizar las
proezas de los recién llegados.
-Muy bien, continúa por
favor.
-El recién llegado se llamaba Germán, tuvo una niñez
muy dura y precaria, enlistándose en el servicio militar tán pronto
cumplió la edad necesaria.
A los veintidós años había combatido en dos guerras, siendo
capturado en el último enfrentamiento por el ejército enemigo y
encarcelado por seis años, periodo durante el cual sufrió el mayor
número de agravios.
Por su buen comportamiento y actitud reservada durante
su duro cautiverio, se ganó la confianza de uno de sus captores,
quien le enseñó el arte de la magia, trucos que habían pasado de
generación en generación en su humilde familia.
Para sorpresa de todos, el alumno sobrepasó al
maestro, siendo tal su destreza y tán sorprendentes sus
demostraciones que le asignaron la tarea de entretener a los
generales de la prisión con un acto de magia que esperaban ansiosos
los domingos por la noche.
Cada acto sobrepasaba al anterior, haciéndose cada vez más
originales y sofisticados, incluyendo en su amplio repertorio
ambientación musical, buffet de delicateces locales, decoraciones
alegóricas a la época del año y fuegos artificiales.
Una noche fría de Octubre sin luna, Germán se escapó
al final de su acto; nadie distinguió la huída de su sombra en medio
del estrépito y las luces de los fuegos artificiales. Fué tal la magnitud de la
búsqueda, que al no encontrársele, dieron por hecho de que el mago
se había evaporado en la niebla de otoño; un acto de magia
irrepetible.
Burlando mil peligros, esquivando la muerte a diestra
y siniestra, sin alimento o abrigo, en siete días Germán atravesó
descalzo las plantaciones hasta llegar al país
vecino.
Antes de perder el conocimiento, contemplando el
fulgor de las estrellas, Germán llegó a pensar que realmente se
había hecho invisible, sonriendo con ingenuidad al cerrar los
ojos.
Una campesina que buscaba a su cabra encontró el
cuerpo del prófugo; conmovida por su aspecto maltratado y desolador,
lo arrastró hasta su choza donde con mucha tenacidad y valiéndose de
su extensa colección de hierbas, le salvó la vida.
El concilio escuchaba atento en el más conmovedor de
los silencios; atrás quedó la impaciencia por saber el mensaje y
escuchar el veredicto del concilio, sólo querían conocer mejor al
recién llegado.
Entre la campesina Luana y Germán nació un amor frágil
y humilde, como el entorno donde con dificultad sobrevivían; grande
y hermoso, como sus almas vagabundas. Cuando la mujer iba a dar a
luz al primer hijo de ambos, estalló una revolución que los obligó a
huir a otro poblado.
Cruzaban el lago en una balsa de cañas de bambú cuando fueron
sorprendidos por un grupo de rebeldes escondidos en la vegetación de
la ribera.
Cómo el ángel Sebastián hiciera silencio, el líder se
vió obligado a preguntarle:
-Qué pasó entonces?
El concilio esperaba ansioso la
respuesta.
-Luana recibió el impacto de la bala, no
sobrevivió. Germán
quiso morir al percatarse de la magnitud de la tragedia, pero algo
en su interior se aferró a la vida.
Es así como el adelantado fué en su vida pasada mago,
soldado, prófugo y naúfrago.
El concilio pareció suspirar al escuchar el final de
la historia.
-Hay un detalle más. –Confesó el ángel Sebastián. –La bala que le quitó la
vida a Luana estaba destinada a Germán, le rozó la frente, de ahí
que le quedara una cicatriz que de por vida le recordara su
suerte. Jamás se
perdonó a sí mismo el hecho de que su cuerpo, inconcientemente, se
moviera un milímetro, distancia suficiente para cambiar el
destinatario de la bala.
Desde entonces sus huellas se hicieron más profundas en los
caminos de la vida, llevando a cuestas la carga invisible del
dolor.
-Algún otro detalle que debamos
conocer?
-No. Eso
es todo.
-Procedamos entonces a leer la nota y determinar la
suerte del recién llegado.
Finalmente leerían el contenido del mensaje.
-Un momento, por favor –interrumpió otro ángel del
concilio. No entiendo
algo. Si el recién
llegado no estaba supuesto a morir en la primera o segunda guerra
que combatió, tampoco mientras estuvo detenido en cautiverio ni
durante el desenlace fatal del lago, porqué murió 1522 días antes de
la fecha destinada, y en qué circunstancias?
-Muy buena
pregunta. –Contestó el
ángel Sebastián.
–Germán quedó desconsolado por la muerte de su mujer y su
hijo; nunca pudo olvidar la imágen de la balsa de bambú alejándose
entre la bruma, el cuerpo de ella teñido de rojo. La decisión de huir, de
salvarse, de dejar que la corriente se llevara su amor, fué la más
difícil que tomó en su vida.
Soñaba, tenía pesadillas, dónde se aferraba a la balsa para
permanecer junto a Luana, para acompañarla hasta convencerse de que
realmente e inevitablemente, debía renunciar a ella. Fué tan fugáz la despedida
…
Germán regresó a su país y a su ciudad, dónde nadie le
reconoció, habían transcurrido muchos años. Solitario, sin poder
adaptarse a su nueva vida, le costó mucho tiempo y esfuerzo
conseguir trabajo hasta finalmente ser contratado como mago en un
circo que sin pena ni gloria recorría el continente en un
estrepitoso tren, compartiendo el vagón de los payasos ebrios, la
mujer araña y el hombre gorila. Entre actos de magia se hizo
no ya transparente, sinó indiferente.
Si con ansias locas y fortaleza inquebrantable había
burlado antes a la muerte, ahora la buscaba en cada esquina. En el marco de una noche
fría, logró su propósito.
El ángel Sebastián suspiró, minúscula pausa que
pareció eterna al concilio.
El adelantado, el mago, el soldado, el prófugo, el
naúfrago, el solitario, fué contando una a una las estrellas en el
cielo despejado hasta que perdió la cuenta. Contemplando el fulgor
de los astros, Germán llegó a pensar que realmente se había hecho
invisible, sonriendo con ingenuidad al cerrar los ojos; su alma de
niño atrapando el lucero de su antojo.
Nadie sabe cómo se quitó la vida, los médicos no
pudieron dar con la causa de su muerte; un suceso inexplicable. Sus colegas del circo
concluyeron que se trataba de un acto de magia
irrepetible.
Por un tiempo indefinido nadie dijo nada, el concilio
permaneció en un silencio hasta entonces
desconocido.
-Leamos la nota –dijo el líder, desdoblando el
papel.
El líder leyó la nota para sí mismo, bajó la cabeza y
luego miró a los ángeles que estaban a su lado. El papel arrugado fué
pasando de mano en mano hasta llegar al último miembro del concilio,
decía así:
‘No me regresen.’