Cruz de Caña
 
CuentosNaive Creations Home
 

 

            Desde que recuerdo, a mi tío Emilio le han llamado ‘El Loco’, apodo que heredó al desaparecer por tres días para regresar con la fantástica historia de un secuestro perpetrado por extraterrestres.   ‘Los marcianos no son malos, sobrino!’, me dijo con el entusiasmo de un niño, convencido de su aventura galáctica.
Vivía con la octogenaria tía Paquita, cerca del mercado municipal en el centro de la ciudad, en un diminuto apartamento repleto de jaulas de pájaros que no paraban de cantar; un peculiar hogar de pisos cubiertos de conchas de mar que la mujer coleccionó en el interminable naufragio de su única pasión. 
De pequeño, el tío Emilio fue goloso, flojo, un mal estudiante; eso sí, muy simpático y con un excelente sentido del humor.  Le encantaban los cómics de ciencia ficción y coleccionaba palitos de dientes.  Como no tenía padres ni hermanos, un día le pregunté la razón de aquél origen huérfano; claramente recuerdo ese momento, estábamos los dos en la azotea de mi casa mirando las estrellas a través de un telescopio que me regalaron esa Navidad.  Una noche de luna llena.  A modo de respuesta miró callado un lucero.  No dijo nada, luego apuntó la estrella con su dedo índice, ‘es Marte’ me dijo, con una tristeza que no pudo disimular la voz.   Yo respeté su silencio sintiendo muy cercana, su gran soledad.
A pesar de la diferencia de edades, nos llevábamos bien, el tío Emilio era como un hermano mayor para mí.   Una semana antes habíamos construido un hermoso fuerte indio con los palitos de dientes que él coleccionaba; cubierto de polvo y habitado por una familia de diminutas arañas, la construcción aún sigue en pie en el último estante de mi biblioteca.
Después de repetir el segundo, sexto y octavo grado, Emilio se graduó de secundaria contando veintiun años de edad; yo tenía entonces once o doce años, no recuerdo bien, lo que sí se me viene a la memoria es lo molesto e incómodo que estaba por el traje nuevo que mamá me obligó a vestir.  
-Mas vale tarde que nunca sobrino! –me dijo con la boca llena del banquete criollo que degustábamos con desespero por lo tardío de su inicio; los enormes cachetes rosados, orgulloso de la hazaña de su graduación.  
Como no pensara en cursar carrera universitaria ni contara con grandes ambiciones en la vida, el tío Emilio empezó a trabajar en el mercado cercano a su apartamento descargando mercancía; tarea que hacía con facilidad por la fortaleza de su robusto cuerpo. 
Muy pronto se hizo amigo de todos los usuarios del mercado, especialmente de los carniceros, con quienes compartía los chistes más vulgares que vociferaban sin tener en cuenta la edad o el físico de las víctimas.     
Fue en aquella época cuando desapareció misteriosamente. Repitiendo la rutina diaria, el tío Emilio madrugó, desayunó por tres hombres y silbando animado atravesó las pocas calles al mercado.   Como se hiciera de noche y no llegara de regreso al apartamento, la tía pensó que se habría emborrachado con los amigos del mercado, algo que sucedía con relativa frecuencia.  Al segundo día la anciana empezó a preocuparse, al no contar con los servicios de teléfono, esa tarde caminó a pasos lentos para indagar en el mercado sobre el paradero de su nieto. 
Nadie recordaba haberlo visto ese día, era como si nunca hubiera llegado al mercado.  Muy consternada, la tía nos llamó de un teléfono público con la esperanza de que supiéramos algo de él; mis padres, quienes le tenían mucho afecto al tío Emilio, pidieron a los vecinos que nos cuidaran a mis hermanas y a mi mientras ellos salían a hacer algunas averiguaciones.  Llegaron a la medianoche y sin noticias; mis hermanas dormían, yo no, desde mi cama escuché atento los comentarios, mis padres estaban muy preocupados.  Por alguna extraña razón, tenía el presentimiento de que nada malo le había pasado y de que muy pronto sabríamos de él.  Abrazando mi almohada e imaginando su enorme sonrisa, me quedé dormido bajo el destello de las estrellas, la ventana abierta de par en par; Venus superando en resplandor.
Al tercer día, la tía Paquita lloraba desconsolada mientras rezaban un rosario con los vecinos, todos impresionados por el original piso de conchas marinas, conmovidos por el insólito silencio de los pájaros, cuando inesperada e impetuosamente apareció el tío Emilio en la humilde morada.
Hablando casi sin aliento, como un trastornado, contó sobre su abducción.  Naturalmente y en ese mismo instante, los aterrados vecinos empezaron a llamarlo ‘el loco’.  Emilio no se volvió a pronunciar.
Sólo yo le creí su viaje galáctico, los relatos de los amistosos forasteros. Mis padres dejaron de invitarlo a casa y en el mercado, a dónde regresó a sus faenas laborales, se reían de él a su espalda. 
Extrañaba mucho la compañía de mi tío Emilio, fue en su ausencia que me di cuenta de que era en realidad mi mejor amigo, quien mejor me conocía; el único ser que me trataba como a un adulto y apreciaba mis precarias construcciones de cartón cuando soñaba ser arquitecto.
Escuchando rancheras a todo volumen mientras descargaba los camiones que llegaban con víveres de la provincia, el tío Emilio decidió convertirse en un camionero.  Fue un impulso repentino, un cambio de oficio que terminó de apartarlo de nosotros, de mí.  En el fondo me alegré por él, pues todos le habían perdido el respeto.
-Quiero recorrer el país de norte a sur, de cabo a rabo! –exclamó feliz, con su vozarrón.  –A ver cuándo te gradúas sobrino, para que seas mi ayudante! dijo con su sonrisa típica, emocionado porque ya le habían confiado un cargamento y esa misma noche partía al norte del país. 
-Que ocurrencia!  -pensé yo, que ya me imaginaba graduado de arquitecto.  Sólo el tío loco podía proponer algo así y con tánto entusiasmo.
El camión era viejo, tenía la pintura oxidada, las llantas lisas y un hueco en el asiento, pero para mi tío era la maravilla del mundo.   Lo que no me dijo antes de despedirnos y de partir sin brújula, era que no sabía manejar; en las doce horas de travesía rompió la caja de cambios pero aprendió a conducir.    
Cuando nos abrazamos esa tarde nunca imaginé que pasarían muchos años hasta nuestro próximo encuentro.  Me gradué del colegio con buenas notas y una beca para estudiar arquitectura en una reconocida universidad de la ciudad.  Los años fueron pasando, sabía por la tía Paquita, quien aún vivía a sus noventa y tantos años, que al tío Emilio le iba bien de camionero y la ayudaba económicamente, a eso se limitaban los comentarios hasta que un verano fortuito que disfrutábamos en casa de unos parientes de la costa, escuché a las primas hablar del tío loco.
Sin notar mi presencia detrás de las bouganvilias donde espiaba a las primas en bikini toman.o el sol, contaron que en uno de sus viajes el tío Emilio se enamoró de una jovencita que encontró en medio del desierto caminando descalza y cargando una cruz de caña.  Un peregrinaje de redención, dijeron las primas.  De la sorpresa por la noticia me moví, mejor dicho, casi me caigo encima de la planta, no se como no se dieron cuenta de que estaba allí.    Muy atento seguí la historia que contaban, la joven que cargaba la cruz contaba apenas quince años de edad, habiendo sufrido desde niña de abuso y maltrato y no queriendo terminar como sus hermanas, en la prostitución y las drogas, eligió ser monja.  Desesperada porque no la aceptaron en el convento de su pueblo, la joven se fue a la capital con la esperanza de allí ser admitida.   Imaginando lo duro que sería el peregrinaje, decidió marchar descalza y cargando una cruz para que Dios tuviera compasión de ella.
Nada pudo hacer el tío Emilio por convencer a Rosario, que así se llamaba la joven, de ser su pasajera en el viejo y destartalado camión, pero en el largo trayecto de catorce meses de descalzo peregrinaje, el camionero tuvo oportunidad de volver a verla en las afortunadas veces que coincidió con ella en sus rutas mercantiles, las cuales había modificado siguiendo el compás de los pequeños pies dirigidos a la capital.  La fiel redentora se negó a todas las súplicas del hombre que le siguió la sombra durante varios meses atravesando medio país, hasta que Rosario llegó a la capital; el camión sin mercancía porque ya nadie le confiaba los víveres que se podrían mientras el camionero le ofrecía amor eterno y fidelidad absoluta a la joven empeñada en jamás convertirse en mujer.
-Al menos déjame llevarte la cruz! –le había propuesto sin suerte.
A Rosario la aceptaron en el convento de la capital no sin antes salir en los periódicos y noticieros, famosa por su proeza.  Jamás nadie había recorrido descalzo la longitud del país.
El tío Emilio volvió a vivir con la tía Paquita en el pequeño apartamento del centro al cual llegué en mi propio auto, regalo de mi padre, orgulloso del buen desenvolvimiento de mi carrera universitaria.  Me conmovió todo, el escuálido y viejo mobiliario, las conchas partidas del suelo, varias jaulas vacías; era como si los pocos metros cuadrados se hubieran reducido aún más.  Especialmente me afectó ver el anciano y encorvado cuerpo de la tía, el olor a caracoles naufragados, la sensación de desamparo y miseria. 
Emilio y yo casi no nos reconocimos, cambiado como estaba yo desde la última vez que me vio cuando era niño; transformado como estaba él por los senderos recorridos, su cuerpo ya no regordete ni robusto, el rostro delgado y quemado por el sol, surcado de arrugas y enmarcado de canas.
-Hombre de Dios! –gritó abriéndome los fuertes brazos.  –Que pasó con tu pelo de erizo?! –preguntó dándome con su mano la usual planchita de cabeza.
-Por fin lo domé, tío … -le dije con la voz de adulto que desconocía, de tanto usar la gomina que me recomendaste …
-Y ese vozarrón compadre …?! Y los dientes?  No me digas que te pusieron la ferretería? –preguntó riendo, le faltaba un diente de arriba.
-Completa!
-Pero estas irreconocible sobrino!
-Y tu también tío!  Y esa barba y ese bigote?
-De tío nada, dime Emilio, que ya casi somos contemporáneos!
-Está bien, Emilio. 
Solo su enorme y hermosa sonrisa se mantuvo fiel a las inclemencias del tiempo.
Me enteré por la tía de que Emilio había hecho una promesa a Dios de no volver a afeitarse hasta que la redentora de la cruz de caña aceptara su amor.
Emilio y yo almorzamos con la tía Paquita, que apenas probó bocado de los dos pollos asados que trajimos de un restaurante del vecindario; se veía preocupada.
-Tía, porqué no come? –le pregunté tocando el mapa de venas azules sobre su tibia mano.
-Ay hijo, no se que me pasa, tengo como un nudo en la garganta, anoche tuve un mal sueño …
-No se preocupe, que aquí estoy para protegerla y consentirla! –le aseguró Emilio, orgulloso.
-Es que tengo un mal presentimiento, hijo …
-No piense en eso, quédese tranquila y confíe en Dios –le dijo Emilio terminando un pollo y empezando el otro.
Poniéndonos al día en los sucesos de los últimos años, nos bebimos varias cervezas esa tarde.  Por la noche lo complací llevándolo a pasear en mi carro nuevo por las avenidas principales de la ciudad.  Era pasada la medianoche cuando regresamos a su vecindario, un poco mareados, sobre todo yo, no acostumbrado a beber.  Emilio me pidió que lo dejara a unas cuadras de su edificio, en un bar de mal aspecto.
-Aquí me espera una damita, sobrino, cosas de hombre …   -me dio una palmada en la espalda y luego un abrazo antes de bajarse del carro.
Fue entonces cuando ocurrió la tragedia de la cual me enteraría al día siguiente mientras almorzaba en casa.  La tía Paquita fue muy  intuitiva con su mal presagio.  Mi tío Emilio se pasó de tragos en el bar de mala muerte donde lo dejé, peleándose con un provinciano que coqueteó con su prestamista de caricias.
A las cuatro de la madrugada llegó casi sin vida al hospital estatal; ni bien me enteré recogí a la tía Paquita para acudir al centro médico.
-Emilio Javier Pacheco está muy grave … está en la unidad de cuidados intensivos -nos informó una enfermera.  Mejor será que hablen directamente con el Dr. Gutiérrez … -nos indicó en el caos de un salón repleto de enfermos, varios sangrando de gravedad.
-Ay Dios mío! –gritó la tía Paquita, llorando desesperada.
-No se aflige tía, tenemos que hablar con el doctor para que nos explique lo que le pasó a Emilio, de seguro se pone bien, ya verá …. –le dije sin convicción, impresionado por el escenario dantesco de la sala de emergencias.
A las dos horas y medias pudimos finalmente hablar con el doctor, quien nos explicó que Emilio había sido apuñalado varias veces en el pecho, tenía un pulmón perforado y hemorragia interna.
-Se salvará doctor? –preguntó la anciana con su pañuelo mojado de lágrimas sobre la boca.
-No sabemos … todo depende de su respuesta a la intervención que fue sometido, a cómo responda a la transfusión de sangre, a los medicamentos … las próximas veinticuatro horas son críticas, si las supera, tiene probabilidades … -el doctor se marchó corriendo a atender otra emergencia.
No nos dio oportunidad de preguntarle cuándo podríamos verlo, hasta cuándo estaría en la unidad de cuidados intensivos.  En completo silencio recorrimos la ciudad de regreso al apartamento de la tía.
Al día siguiente no fui a clases, pasé la mañana en el hospital, viendo a través de un vidrio el cuerpo inerte de Emilio.  Ya habían pasado las veinticuatro horas y seguía grave.  Fue entonces cuando decidí visitar el Convento de las Hermanas Carmelitas.
-Se trata de asunto de vida o muerte … -supliqué para que concertaran un permiso y me permitieran ver a la hermana Rosario, la redentora de la cruz de caña.
Esperé sentado en un banco de madera en un largo corredor blanco como las nubes que se veían desde el patio central donde una fuente de agua refrescaba las hileras de rosas que trepaban los muros coloniales.
Cuando la vi frente a mí, con esos grandes ojos marrones, su pequeño y delgado cuerpo escondido tras el uniforme de religiosa, su rostro de niña huérfana lleno de ternura, comprendí a Emilio, su afán por querer desviarla del camino de rosas y espinas.
Le expliqué lo que había sucedido pidiéndole que rezara por él.  Sólo quería que orara por Emilio …
Rosario se puso muy mal con la noticia, yo no imagine que reaccionaria así, tan conmovida; enmudeció por lo que pareció una eternidad, yo sin saber que hacer o decir.
-Llévame a él … -me pidió con voz firme, ya no lucía desamparada mas sí decidida, como de seguro debió estarlo cuando dejó su pueblo descalza cargando una cruz que ella misma cortó de cañas de su tamaño.
Rosario no quiso que fuéramos al hospital sino a la vivienda de Emilio.  Tenía dos horas de permiso así que manejé de prisa para llegar lo antes posible al apartamento de la tía Paquita.Cuando Rosario pisó las conchas marinas del piso, las mojó con sus lágrimas; reviviéndolas con la sal del mar de un amor oculto y profundo. Un llanto contínuo y mudo, una melodía indescifrable de misterios que hizo callar a  los pájaros. 
La tía nos recibió en el silencio de caracolas y plumas, mirando sorprendida el húmedo caminar de la redentora que se echó sobre la cama de Emilio, cerro los ojos, y abriendo un poco los brazos con las palmas hacia arriba, empezó a trabajar el milagro.  A diez kilómetros de distancia, la unidad de cuidados intensivos se inundó de un profundo aroma a rosas logrando despertar a un hombre que habitaba en los cielos.
La joven abrió los ojos con una minúscula sonrisa en sus labios; el trino de los pájaros me advirtió de su mirada de luz.  Había paz y serenidad en su rostro, comprendí entonces el poder de la fe.  Dejé a Rosario en el Convento antes de regresar al hospital, donde  Emilio estaba mas vivo que nunca.
-Aún no me esperaban …! -contó emocionado el tío loco, ya fuera de la unidad de cuidados intensivos y de todo peligro, en un enorme cuarto que compartía con otros enfermos que no dejaban de preguntar por el paradero de las rosas invisibles de tal intenso olor. 
–Imagínate sobrino que en el cielo pasé por todas las filas!  Que gentío!  Todas en perfecto orden alfabético, empezando por la fila de la letra ‘A’, de los abandonados, los abogados, etc., terminando naturalmente, con la letra ‘Z’, de los zorros, la gentuza.  La cola más larga era la de las personas que tenía grandes cuentas por pagar, por errores cometidos.  Lo que más me conmovió sobrino, créeme que me tocó el alma compadre, eran los que llegaban al cielo con sueños incumplidos …  Hay que ver que eran cientos, miles! Millones de seres!  Cantantes, bailarinas, filósofos, científicos, actores, pintores, escritores, maestros, deportistas, mujeres que no pudieron ser madres, gobernantes que no lograron sus metas, había de todo … !! Eso si, tenían su propia puerta especial, por lo menos tenían esa consideración con ellos.  No me vas a creer sobrino, pero las filas más cortas, con poquita gente, eran la letra ‘v’ de los que fueron voluntarios y la letra ‘0’ de los oradores.  Parece ser que mucha gente reza, pero sin amor o convicción.  Traté de colarme por una de esas dos filas, para pasar más rápido los trámites de entrada al cielo, tu me conoces como soy de bandido, pero que va!  No me dejaron sobrino!  Que te parece?!  Me mandaron a hacer la cola de la ‘T’, de los tramposos!
Si en un pasado le creí la historia de su abducción interplanetaria, ahora su relato celestial me pareció lo más banal, insensato y loco que jamás había escuchado.
Sólo Rosario le creyó la historia de los cielos que no tenían espacio para él pues ella misma lo había desterrado de allí con sus plegarias.  La redentora de la cruz de caña entraría al cielo por la puerta de la ‘O’, como una gran oradora.  La propia Rosario le afeitó las barbas al hombre que la contemplaba absorto.

Aunque el hombre no logró apartarla del camino de rosas y espinas al cual servía, vivió feliz al saber que al cielo llegaría con la oradora a la pequeña fila de la letra ‘O’, Emilio como el orfebre en que se convertiría a partir de ese mismo instante.

BACK               NEXT