Llegué a quererte un poquito, hermosa sorpresa
que me dió la vida. Coincidimos tirando piedras a la marea
revuelta en un día soleado.
Nuestras sonrisas salpicadas de sal se
transformaron por la dulzura de aquél fortuito
encuentro.
Nos unió la ola de un destino invisible que
jamás imaginamos, llevándonos intuitivamente y de la mano hacia las
costas más hermosas de un sueño
impredecible.
Claudicamos en la corriente que unió nuestros
horizontes.
Eramos jóvenes entonces, de cuerpo y alma,
estrenando apenas un corazón demasiado
alborotado.
Llegué a quererte un
poquito.
A cada paso que dábamos recogíamos una piedra,
una concha, un caracol, pensando en construir un hogar en la atalaya
de un cerro verde, rodeados de palmeras pobladas de loros, donde
sólo se respirara el azul del mar y del cielo.
Refugiados en aquél nido etéreo viviríamos
felices tu y yo, acurrucados por el respirar de las olas y el
suspirar de las estrellas.
De risas
y lágrimas inventamos coplas que el viento se encargó de divulgar a
las flores dormidas pro el encanto de las noche.
Eramos ingeniosos entonces, sorteando
dificultades, tapando huecos para que ninguna tormenta penetrara en
nuestro interior.
Llegué a quererte un
poquito.
Mas resultó férrea la determinación del destino
por separar nuestras mareas. Nada tenía que ver el corazón
alborotado, ni la mente ilusionada, ni los cuerpos dispuestos a
enfrentarlo todo. No podía ser azul nuestro
horizonte. Cada concha que colocábamos en nuestro hogar
se partía en pedazos; las caracolas que dejábamos en el jardín
inexplicablemente regresaban al mar.
Abrazados en la hamaca bajo las palmeras, los
loros presentían la tormenta dónde sólo brillaba el sol para los
dos.
Eramos ingénuos entonces, pensando que de puro
afán nuestro amor nos acompañaría siempre.
Llegué a quererte un
poquito.
No por falta de intensidad, nada tenía que ver
el corazón ingénuo, jóven e ingenioso. Nuestras miradas
iluminadas por el sol que siempre resplandeció ante todo se toparon
con una realidad tristemente irrevocable.
Los loros callaron sorpresivamente, las olas
dejaron de respirar, las estrellas de suspirar, hasta el reloj del
mundo cesó un instante para sin presentirlo ni esperarlo, partieras
tú.
Te alejaste con las caracolas, nuestras coplas y
sueños a un mar inaccesible donde no hay tormentas.
Algún día volveremos a coincidir en el amanecer.
Llegué a quererte un poquito, no por falta de
intensidad, sino más bien porque la vida, el destino, ambos, nos
robaron el tiempo.
Monica Moser
Julio 22, 2003